La puerta abierta
Una calle que ayer no estaba, y un tomo que tampoco.
La lluvia en esta ciudad no moja: barniza.
Convierte el asfalto en un espejo de neón, arrastra los reflejos de los anuncios entre los charcos y hace que las calles parezcan más largas de lo que son. Los drones pasan sobre tu cabeza dejando un zumbido constante, los coches autónomos atraviesan las avenidas como peces luminosos y, entre un edificio de acero y otro de cristal, tú caminas con el café a medio terminar y el paraguas olvidado en casa.
Es una noche normal.
Hasta que deja de serlo.
Doblas una esquina que conoces de memoria.
Y encuentras una calle que ayer no estaba.
Te detienes.
No es una calle nueva. No parece recién construida. Al contrario: tiene algo antiguo, casi gastado, como si llevara décadas esperando a que alguien reparase en ella.
Miras hacia atrás.
La avenida sigue ahí.
Miras de nuevo hacia delante.
La calle también.
No aparece en ninguna guía. El GPS insiste en que estás en medio de un edificio que, hasta donde sabes, debería ser un aparcamiento. Compruebas el móvil dos veces.
Sin cobertura.
Suspiras.
—Perfecto.
Podrías volver.
Probablemente deberías.
Pero al fondo de la calle hay una luz cálida que no encaja con el resto de la ciudad.
Y debajo de ella, un letrero de madera.
No tiene luces de neón. No tiene publicidad holográfica. Ni siquiera parece tener electricidad.
Solo una palabra, grabada a mano.
LIBRERÍA.
Debajo, casi borrada por el tiempo, hay una pequeña huella dorada.
Te acercas.
La puerta está entreabierta.
No sabes por qué, pero tienes la sensación de que te estaba esperando.
Al empujarla, el ruido de la ciudad desaparece.
No disminuye.
Desaparece.
El zumbido de los drones se queda en el umbral, educado. La lluvia deja de golpear los cristales. Incluso el murmullo lejano del tráfico parece pertenecer a otro mundo.
Dentro huele a papel seco, madera vieja y café recién hecho.
Hay lámparas cálidas entre las estanterías. Alfombras gastadas. Pequeños objetos que no sabrías nombrar. Un reloj de bolsillo junto a una pila de novelas. Una espada decorativa apoyada contra una columna. Una pequeña planta creciendo en una taza de porcelana.
Y libros.
Cientos.
Quizá miles.
Algunos tienen títulos que reconoces.
Otros están escritos en alfabetos que no existen.
Y otros parecen no tener título alguno.
Detrás del mostrador, una gata de gafas levanta la mirada.
Te observa.
No parece sorprendida de verte.
De hecho, parece ligeramente divertida.
—Llegas tarde.
Parpadeas.
—¿Perdón?
Nyla cierra el libro que estaba leyendo y lo deja sobre el mostrador.
—Nada.
Sonríe.
—La puerta está abierta.
Como si eso explicara el resto.
No sabes qué responder.
—¿Esta librería estaba aquí antes?
Nyla ladea ligeramente la cabeza.
—¿Antes de qué?
—De ayer.
—Ah.
Una pausa.
—Entonces no.
Lo dice con absoluta naturalidad.
Antes de que puedas decidir si marcharte, una voz tímida llega desde el fondo de la tienda.
—Nyla...
Entre las estanterías aparece Elowen.
Lleva un tomo entre las manos.
Parece preocupada.
No mucho.
Solo lo suficiente.
—¿Qué pasa? —pregunta Nyla.
Elowen mira el libro.
—No recuerdo haberlo catalogado.
—Quizá se te pasó.
—No.
La respuesta sale demasiado rápido.
Elowen acaricia con el pulgar el borde de la cubierta.
—Yo no me olvido de los libros.
Eso parece cerrar la discusión.
Te acercas un poco.
La cubierta es negra, aunque no exactamente. Cuando la luz incide sobre ella aparecen reflejos azulados, como los de un charco bajo un anuncio de neón.
No hay título.
No hay autor.
No hay editorial.
Ni siquiera una fecha.
Solo una pequeña huella dorada en el centro.
La misma que viste en el letrero.
—¿Puedo verlo? —preguntas.
Elowen duda.
Mira a Nyla.
Nyla no responde.
Solo te observa por encima de sus gafas.
Finalmente, Elowen te entrega el libro.
Está frío.
Demasiado frío.
Lo abres.
Las páginas huelen a lluvia.
Pero no a la lluvia de fuera.
A una lluvia que todavía no ha caído.
Pasas el dedo por el papel.
Las primeras páginas están en blanco.
También la segunda.
Y la tercera.
—Está vacío.
—No —dice Elowen.
Levantas la mirada.
Ella está mirando una página que tú jurarías que estaba en blanco hace un segundo.
Ahora hay una frase.
Una sola.
La lluvia en esta ciudad no moja: barniza.
Se te hiela el café en la mano.
Miras hacia la puerta.
La lluvia sigue cayendo al otro lado del cristal.
—¿Qué...?
Elowen retrocede un paso.
Nyla, en cambio, parece tranquila.
—Ya empieza.
Desde el otro extremo del mostrador llega un sonido metálico.
Clang.
Tsuki.
No la habías visto hasta entonces.
Está sentada con toda la calma del mundo, auriculares puestos y una pequeña torre de discos junto a ella. Levanta uno de los auriculares.
—¿Qué empieza?
Nyla señala el libro.
Tsuki lo mira.
Después te mira a ti.
—Ah.
Una sonrisa aparece en su rostro.
—Ese.
—¿Qué tiene de especial?
Tsuki se encoge de hombros.
—Nada.
Pausa.
—Todavía.
Vuelve a ponerse los auriculares.
El metal sube un poco más.
Pasas otra página.
Esta vez aparece una descripción.
De la calle.
De la librería.
De Nyla.
De Elowen.
De Tsuki.
De ti.
Lees unas líneas y sientes un escalofrío.
El libro sabe cosas que no debería saber.
Describe el café que llevas en la mano.
La ropa que llevas puesta.
Incluso menciona el paraguas que dejaste en casa.
Levantas la vista.
—¿Esto es una broma?
Nyla niega con la cabeza.
—Ojalá.
—Entonces, ¿qué es?
—Un libro.
—Eso ya lo veo.
—Pues ya sabes tanto como nosotras.
Elowen se acerca.
—Hay algo más.
Señala la página.
Abajo del todo hay una línea que acaba de aparecer.
El lector todavía no sabe que la puerta ya no está detrás de él.
Te giras.
La puerta está ahí.
Pero el cristal ya no muestra la calle.
Al otro lado hay una pared de estanterías.
Libros.
Más libros.
Y ninguna salida.
—Nyla...
—Sí.
Por primera vez, la gata parece realmente seria.
—Creo que deberíamos dejarle terminar.
—¿Terminar qué?
Nyla señala el tomo.
—La historia.
Miras las páginas.
Una nueva línea aparece lentamente.
Como si una mano invisible estuviera escribiéndola.
Si estás leyendo esto, el tomo ya te encontró.
Tragas saliva.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer?
Tsuki se quita los auriculares.
—Pasar el folio.
—¿Y si no quiero?
Tsuki sonríe.
—Entonces será una historia muy corta.
Elowen la mira, horrorizada.
—Tsuki.
—¿Qué? Es verdad.
Nyla ríe suavemente.
Después se inclina sobre el mostrador.
—No te preocupes. Los libros que llegan aquí nunca obligan a nadie.
Miras la página.
La frase continúa apareciendo.
Solo esperan.
Una gota de agua cae sobre el papel.
No sabes de dónde ha salido.
La tinta se extiende.
Las letras cambian.
Y entonces lees tu propio nombre.
No lo dices en voz alta.
No hace falta.
Nyla ya lo sabe.
—Bienvenido.
La lluvia golpea de nuevo los cristales.
Por primera vez desde que entraste, escuchas la ciudad.
El neón.
Los coches.
Los drones.
Todo parece normal.
Demasiado normal.
Cierras el libro.
La cubierta está tibia ahora.
—¿Puedo llevármelo?
Nyla sonríe.
—No.
Una pausa.
—Puedes dejar que él decida si quiere acompañarte.
Abres la boca para responder.
Pero el libro ya no está en tus manos.
Está sobre el mostrador.
Abierto.
En una página nueva.
Solo hay una frase.
Mañana habrá una puerta donde ayer no había ninguna.
Levantas la mirada.
Nyla está leyendo.
Elowen está ordenando libros.
Tsuki ha vuelto a subir el volumen de su música.
Como si nada hubiera ocurrido.
Te acercas a la puerta.
Antes de salir, miras atrás.
—¿Volveré?
Nyla no levanta la vista de su libro.
—Si encuentras la calle.
Sales.
La lluvia vuelve a mojar.
La ciudad vuelve a hacer ruido.
Y cuando miras hacia atrás...
La librería ha desaparecido.
Solo queda una pared de ladrillo húmedo.
Te quedas unos segundos frente a ella.
Después sonríes, sin saber muy bien por qué.
Y sigues caminando.
A la mañana siguiente, en algún lugar de la ciudad, alguien encuentra un tomo negro sobre una mesa.
No recuerda haberlo comprado.
No recuerda haberlo encontrado.
Al abrirlo, descubre que casi todas las páginas están en blanco.
Casi.
En la primera aparece una frase:
La lluvia en esta ciudad no moja: barniza.
Y en la última página, una pequeña huella dorada.
La misma que estaba en el letrero.
La misma que viste aquella noche.
La misma que, quizá, alguien está viendo ahora.
Porque si has llegado hasta aquí...
quizá la historia no terminaba en la librería.
Quizá empezaba contigo.
No hace falta devolver el tomo.
Solo pasa el folio.
El taller sigue escribiendo al otro lado.